En noviembre del 2000, mientras Zedillo vivía sus últimos días en Los Pinos, un sujeto de considerable estatura y holgadas ropas se paseaba por el entonces Distrito Federal con fogón en mano, una Beretta de 9mm que los locales miraban con pavor y risas nerviosas. Su intención era mantenerla visible para todos, pero no para intimidar ni para delinquir, sino para cumplir una simple premisa: descubrir cuánto tiempo tardaba la policía en arrestarlo. 11 minutos fue la cifra mágica.
Al día siguiente repitió la proeza, pero ahora con la cooperación de los tiras y mejores ángulos de cámara. Los convenció de participar en el proyecto y de realizar el mismo recorrido. Los polis actuaron, guion mediante, en la detención del flaco espigado, quien ahora portaba una réplica de arma de fuego: ya nada era real. Todo quedó filmado, lo de ambos días, para luego ser exhibido lado a lado y con el solo propósito de desdibujar las líneas entre lo auténtico y lo ficticio, entre lo espontáneo y lo prefabricado.
Ya en otra ocasión, en 1997, el mismo sujeto había emprendido otra inusual encomienda: arrastrar un enorme bloque de hielo por las calles de la ahora CDMX —escena típica del comercio ambulante de la ciudad— y descubrir cuánto tiempo tardaba en derretirse por completo: más de nueve horas. Nomás por los lolz, por los memes.
El responsable de los inútiles actos era el artista belga Francis Alÿs, radicado en México y con formación de arquitecto, hoy un nombre sobradamente consolidado en el mundillo. A esta última obra la bautizó como La paradoja de la praxis I: a veces hacer algo lleva a nada. A medio camino entre experimento social y la alegoría al mito de Sísifo, intentaba representar en ese inservible performance la realidad de la mayoría de los mexicanos que a diario arrastran su propio bloque helado para recibir una remuneración y asegurar, por un día más, su suscripción a la vida.
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También en ese año desplegó otro de sus clásicos, esta vez con un tinte más politizado: Cuentos patrióticos. Con una oveja amarrada a la mano comenzó a caminar en círculos alrededor del asta bandera de la plancha del Zócalo capitalino. Más bovinos se unieron al bucle, siguiéndose uno a otro, mientras toda la historia política de México y sus mitos eran ridiculizados de la forma más bizarra y en el lugar más simbólico posible. Los balidos se convirtieron en un mitin, en una viñeta tan surreal como cinematográfica e hipnotizante, digna de Buñuel.
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Aunque ahora la obra de Francis Alÿs se exhibe en museos, su verdadero origen y su fuente de inspiración provenía (proviene) de la vida diaria en la urbe, su laboratorio social infinito e impredecible donde todo puede ocurrir. Un espacio involuntariamente poético en el que suceden miles de acciones y eventos interesantes todos los días: actos aleatorios que, a veces, desafían las convenciones sociales, se salen del guion, y cuyo valor intangible radica en que no producen, no crean, no suman. Su naturaleza desobedece la cotidianidad, y su anómala existencia —algo que no debió ocurrir— es lo que cuestiona el poco confiable orden de las cosas.
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