Una retrospectiva a 15 años de ‘In Rainbows’, de Radiohead

Reseña | In Rainbows – Radiohead (2007)

Como una ráfaga interestelar, 15 años han pasado desde el lanzamiento de In Rainbows, de Radiohead.

Para entonces, 2007, el internet aún era un mundo desconocido y fascinante para mí. En casa no contaba con un ordenador y conexión a internet, por lo que esos breves contactos con el reino digital me parecían francamente emocionantes. Provocaban una sensación similar a la que experimentaba cuando, de niño, iba a las maquinitas y una hora transcurría en lo que parecían ser 15 minutos.

Lo mismo me pasaba cuando iba a un cibercafé.

Entre la emoción de husmear en Windows Messenger y revisar correos de Hotmail, el tiempo volaba a ritmo endiablado. Perdía la noción del tiempo. Pero no el 10 de octubre de 2007.

Aquella vez tenía una misión muy concreta: debía obtener la nueva grabación de estudio de Radiohead y guardarla en mi modesto reproductor MP3 de 128 MB antes de salir rumbo a la escuela —turno vespertino, of cors— y escucharlo antes de clase.

La noticia de que el grupo iba a distribuirlo de forma gratuita se había esparcido apenas unos días antes. La opción de pagar lo que uno quisiera —así fuera un centavo— sería opcional. Parecía demasiado bueno para ser cierto.

Al café internet fui con mucho escepticismo y pocas expectativas, esperando a que algo fallara en el proceso: que la web no funcionara o estuviera colapsada. Que la descarga tomara más tiempo del que yo disponía. Que el formato de las canciones no fuera compatible con mi dispositivo. O que al final no fuera gratis, como habían prometido. Pero nada de eso.

Luego de unos minutos, ahí estaba el flamante archivo ZIP con 10 canciones comprimidas a 160 kbps. In Rainbows, se hacía llamar. Radiohead había alumbrado a su séptimo retoño.

Fui de vuelta a casa para escucharlo con audífonos. Tarde calurosa, harto sol por la ventana, expectativas por las nubes. Solo tenía un par de horas. “Esos cabrones lo lograron de nuevo”, pensaba, al término de cada canción.

Todas sonaban vanguardistas pero accesibles a la vez: dinámicas, pegajosas, complejas, alegres para los estándares de Radiohead. Retomaban y mezclaban lo mejor de cada trabajo anterior suyo. El nombre de In Rainbows parecía de lo más apropiado.

Me sentí un tanto culpable por descargarlo sin pagar un carajo. Me justificaba al recordar que no contaba con tarjeta de crédito para retribuirles como se debía. Estudihambre, al fin y al cabo.

El fin de los formatos y canales tradicionales

Había un autobús que recorría la mayor parte de mi camino hacia la preparatoria. El trayecto a Lindavista duraba más o menos 50 minutos: justo el tiempo necesario para disfrutar de un buen disco. Atesoraba con locura esa parte del día, ese ritual.

Los álbumes que escuché durante esos años se acomodaron en lo más recóndito de mis neuronas y sin pagar renta: sus sonidos, sus letras, sus secuencias de canciones. In Rainbows fue quizá el inquilino que más rápido invadió la propiedad, para asentarse de forma indefinida. No hubo orden judicial que pudiera echarlo a la calle.

Ya que ese día aún no había booklet ni letras de las canciones por ningún lado, no tenía forma de seguirlas junto al disco. Pero recuerdo bien una estrofa que, desde los primeros momentos, me redujo a trizas por su contundencia, aquella con la que concluye la grabación:

«No matter what happens nowYou shouldn’t be afraidBecause I know today has beenThe most perfect day I’ve ever seen»

Nunca antes sentí una melancolía como aquella cuando escuché a Thom Yorke balbucear esos versos. El drama adolescente; la súbita sensación de libertad por cruzar la ciudad en solitario; el tormentoso romance con la novia en turno; la emoción por el futuro mezclada con incertidumbre. Todo el álbum era una variedad de tonalidades anímicas como lo insinuaba su portada.

Me sentía parte de una primicia mundial. Estaba acostumbrado a esperar años antes de aspirar al disfrute de cualquier cosa: música, películas, revistas, libros, videojuegos, noticias que habían acontecido hace semanas a miles de kilómetros. No era habitual aún esa satisfacción instantánea tan propia de los tiempos que corren.

Fue la primera vez que experimenté la gratificación inmediata que caracteriza a la era del internet. Pero quizás fue también la última ocasión en que de verdad me emocioné por el lanzamiento de un nuevo álbum.

Pague lo que quiera

Algunos años más tarde, Colin Greenwood explicaría la intención detrás de esta inusual forma de lanzamiento. En pocas palabras, el grupo quería que su obra llegara directamente a sus seguidores, sin intermediarios.

Fue una manera de anular los filtros que dictaban qué era bueno y qué no. No hubo campaña promocional previa ni sencillos —al menos no hasta meses más tarde. No hay que perder de vista el contexto: Spotify no era ni un embrión. El drama de Napster y Metallica era ya más bien anecdótico. Conceptos como streaming y on-demand no significaban mucho.

La radio, de pronto, no pudo ejercer su papel de juez y verdugo. Las revistas tuvieron que esperar uno o dos meses para decir algo acerca de In Rainbows. Casi nadie leía prensa musical en línea. Radiohead prefirió que el fan juzgara primero y decidiera por sí mismo.

Las preguntas estaban sobre la mesa y resultaban bien incómodas. ¿Cuánto estás dispuesto a pagar por la obra de un artista? ¿Por qué dejamos que otros decidan qué música es buena o mala? ¿Cuánto vale el arte? ¿Qué le depararía a cualquier agrupación menos popular si intentara una estrategia similar?

Y lo mejor de esta obra, esquemas revolucionarios aparte, es que su aspecto más sobresaliente era el estrictamente musical. Es una joya.

Al final del arcoíris

Radiohead llevaba unos 10 años sin reencontrarse del todo con las guitarras y los instrumentos tradicionales. Su séptimo álbum marcó un retorno a su lado más cálido y expresivo, a la vez que insinuaba una evolución en su sonido. Dejaron de lado, por un momento, la abstracción y hermetismo de sus últimos trabajos.

Se notaba el oficio. Ahí estaba el desencanto de Pablo Honey, la potencia de The Bends, el barroquismo de OK Computer, la hipnótica frialdad de Kid A, la asfixiante neurosis de Amnesiac y Hail to the Thief. Todo eso coexistía en un flujo multicolor y cohesivo. A ratos, incluso, se asomaban tímidamente matices y ritmos pop. De nuevo sonaban como una banda.

Algunos temas se convirtieron, de forma orgánica, en fan-favorites: “Nude”, “All I Need”, “Reckoner”. No necesitaron que las programaran en la radio cada dos horas.

Y aunque todo el álbum es muy consistente, su último bloque, compuesto por “House of Cards”, “Jigsaw Falling into Place” y “Videotape”, siempre me pareció el más sustancial. Era como si hubieran guardado el plato fuerte para la recta final.

En combinación con su modelo de distribución, escuchar In Rainbows daba a uno la impresión de atestiguar algo inédito, un antes y un después. Era palpable la sensación de que iniciaba una nueva era —la digital, la intangible—, y que ya nada volvería a ser igual tras la masificación del internet. El presagio terminó por cumplirse.

In Rainbows | Radiohead | 2007

“15 Step”
“Bodysnatchers”
“Nude”
“Weird Fishes/Arpeggi”
“All I Need”
“Faust Arp”
“Reckoner”
“House of Cards”
“Jigsaw Falling into Place”
“Videotape”

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