¿Por qué el fútbol es el deporte más popular? Un subjetivo intento por explicarlo

Seguido me pregunto por qué el fútbol es el deporte más popular en México y tantos otros países.

No me refiero al que se mira en televisiones y estadios. Hablo del fútbol como juego, como actividad lúdica.

Una explicación sencilla podría ser que hay más canchas de este que de cualquier otro deporte. Pero esto podría obedecer a que la gente misma suele demandar que existan estos espacios.

¿Por qué los niños eligen al fútbol por encima de otras disciplinas? No es obra del azar. Debe haber alguna razón más o menos coherente.

En un intento por dar respuesta, en vano, a esta interrogante, debo remitirme a los recuerdos más lejanos que tengo de este juego: su manifestación en las calles. Debo recordar también su perspectiva como juego, no como deporte ni competencia.

Desde ese contexto, las condiciones bajo las que se desarrollaba ni siquiera importaban: agujeros, rocas, desniveles, vidrios.

Siempre estaba ahí la posibilidad de tropezar, torcerse un tobillo o terminar con las rodillas hechas un Cristo. El sol y la lluvia eran inmisericordes. El calzado y la ropa reducían de modo dramático su tiempo de vida útil. Pero era lo de menos.

Al ponerlo de esa forma, suena horrible, y lo es. ¿Por qué gusta tanto, entonces?

El jogo bonito

La gracia del fútbol recae en las posibilidades infinitas que hay en la simpleza de sus reglas y en el desafío de dominar su lenta curva de aprendizaje.

Dirigir un balón entre los pies al correr es tan antinatural como aguantar la respiración bajo el agua y nadar, o cualquier actividad rara que las personas hacen para sentirse vivas. ¿Qué chiste tiene usar lo que empleamos todo el tiempo, como lo son las manos?

La satisfacción que deriva de aprender a hacerlo —reprogramar las extremidades, adquirir pericia y notar claramente la diferencia respecto a días y semanas previas—, es algo que pocos deportes pueden ofrecer. Concede, también, una sensación de libertad muy particular.

Por otra parte, está ese factor de espontaneidad, de tomar decisiones en fracciones de segundo, de no saber si lo que pasa por tu cabeza será ejecutado correctamente; y si ocurre, la dicha de haberlo logrado. Pudiste haberlo fallado en nueve de diez intentos, pero en ese momento salió bien. Y algunas de las jugadas más bellas son incluso aquellas que no culminan en gol.

Es una combinación de habilidad, capacidad física y creatividad. Siempre noté que los mejores jugadores no eran los que hacían todo perfecto, sino los más insolentes. Quienes de verdad brillaban eran aquellos que se atrevían a improvisar maniobras inesperadas y tomaban decisiones insólitas. Eran, en ese entorno, los más inteligentes.

Y luego está todo eso que ocurre en el terreno de juego. Risas, bromas, absurdos, apodos, accidentes, jugadas ridículas. Cientos de historias nacen y mueren en el rectángulo. Los únicos testigos son los descerebrados que ahí buscaron aplacar su aburrimiento por algunos minutos.

En aquellos tiempos, recuerdo, la diversión estaba por encima de todo. El hecho de vencer al equipo contrario no era, en realidad, el objetivo último, sino un añadido. Y es por todo esto que la figura de un árbitro en el fútbol de calle siempre ha sido tan innecesaria.

A la v3rga, dénsela a Ronaldinho

Tengo otra imagen muy presente, pero de mis recuerdos de la preparatoria.

Cuando el fútbol se convertía en una cosa más o menos seria, en un torneo o una mini liga, por ejemplo, el juego dejaba de ser tal y se convertía en algo bien distinto: en una competencia.

Podías sentir en el aire la tensión entre los involucrados —jugadores y espectadores. Los nervios se convertían en enojo, frustración, reclamos.

Había, después de todo, más elementos en la ecuación: el riesgo de eliminación, la posibilidad de premios y el chance de un efímero reconocimiento por la victoria.

El juego se tornaba más rudo, en lo verbal y en lo físico. Podías ver cómo se disgustaban los que hasta antes del partido eran buenos amigos. O los clásicos reclamos entre gente del mismo equipo a causa de una mala jugada o una decisión equivocada. El ego brotaba inevitablemente. La esencia recreativa de una retita de fucho se diluía en instantes.

Esto, claro, empeora horrores cuando se traslada a un escenario profesional.

El pragmatismo de este tipo de fútbol mata casi todo rastro de creatividad. Hay muchos intereses de por medio como para arriesgar un partido con alguna ocurrencia futbolera o cualquier cosa que se desvíe del objetivo de ganar.

Que en su momento los aficionados amaran a Ronaldinho de forma casi unánime, por poner un ejemplo, no es ninguna casualidad. El tipo lograba trasladar la belleza del juego callejero, lleno de creatividad y atrevimiento, a un contexto competitivo del más alto calibre.

Era evidente en su rostro que jugaba, en primer lugar, para divertirse. Tanto era así que la afición del equipo contrario terminaba aplaudiéndole, rendida a sus pies. Había complicidad y reconocimiento de su esfuerzo por rescatar el fútbol en su estado más honesto. Exigían, incluso, que le pasaran el balón.

Hoy en día, ese tipo de jugadores son como un yeti entre los equipos de las principales ligas. No culpo al resto: a eso se dedican y de esa forma asimilaron el juego.

Pero en donde de verdad ocurre la magia —pienso— es en las calles a medio pavimentar, en las terracerías, en las canchas públicas de mala muerte, debajo de los puentes vehiculares, en los terrenos baldíos y en todos esos lugares horribles donde puede rodar un balón. Y en México tenemos muchos de esos.

 

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