Ya no nos hará bobos Jacobo: la tragicómica muerte de un comunicador

Era temprano por la mañana y la noticia se había esparcido por todos lados: Jacobo Zabludovsky estaba muerto. Algunos lo celebraban. Otros buscaban el inevitable ángulo político. Unos cuantos malintencionados hacían memes y tuitazos con mucha saña. Y lo que mi editor me solicitaba era algo provocador, bien argumentado y con un sutil toque de humor negro.

Me habían enviado al matadero.

El rubro de la política nacional no es uno del que pueda opinar cosa alguna. No era devoto del personaje, pero tampoco tenía nada contra él. Hice torpes búsquedas en Google y lecturas relámpago en portales noticiosos. Apelé a mi memoria y a los escasos conocimientos que tenía sobre Jacobito. Molotov era de lo poco que me llegaba a la mente. Emergió de pronto mi lado dizque transgresor.

Terminé armando un frankenstein de dudosa credibilidad, mal estructurado y peor documentado. Se publicó. Llegó a un número considerable de personas y las opiniones divididas no tardaron en llegar. Extrañamente, hubo quienes celebraron el escrito.

Al enterarse, mi otro jefe enfureció y me cagó frente a todos. Estaba en verdad molesto. Comenzó a leer el texto y a destrozarlo renglón por renglón. No me quedó más que asentir todo el tiempo y reconocer que aquello había sido un desastre. Mis compañeros no sabían hacia dónde mirar.

La idea de ser despedido nunca me ha parecido particularmente aterradora, y una parte de mí encontraba muy cómica toda la escena. Ya a solas, quien me pidió el escrito me lo confirmó con su eterno buen humor: “¿Por qué se enojó tanto? ¿Era pariente suyo o qué?”. Nos cagamos de la risa.

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